Una frase distintiva de los porteños es… “yo hago lo que
se me canta”. Tal vez no es algo que puedas escuchar tan a menudo, pero que se ve en cada acción,
conducta, actitud.
La pregunta es: ¿ que queremos decir con “hago lo que se
me canta”?, esta es una expresión que indica que hacemos aquello que tenemos
ganas, cuando tenemos ganas, sin medir las consecuencias o sin que nos importen
las mismas. Es como una especie de filosofía de vida en la cual nos
pronunciamos a favor de un libertinaje muchas veces ridículo en la que el otro
no importa, a la hora de determinar nuestras acciones. No se trata de querer
dañar a alguien o perjudicarlo de alguna manera, en absoluto, es simplemente un
desinterés total, completo y absoluto de lo que al otro le pueda ocasionar
nuestra acción, como si solo existiéramos nosotros en todo el Cosmos.
Veamos un ejemplo típico: Tengo que ir a llevarle algo a
un amigo, el vive en una calle medianamente transitada, no es una avenida ni
nada que se le parezca pero tiene un flujo de autos moderado, yo le aviso que
voy a ir y que cuando esté llegando lo llamo, así no tengo que estacionar el
auto, cosa bastante complicado por estas latitudes. Cuando estoy a un par de
cuadras, lo llamo (desde mi celular, mientras estoy conduciendo, cosa que está
prohibido pero… bah… no tiene mucha importancia) le digo que estoy a unas
cuadras y él me dice “Ya salgo” ( entiéndase
el ya, como el periodo de tiempo indefinido que transcurre desde que se dice “ya”
hasta que la serie de televisión que estoy mirando entra en una meseta, o hay
un corte publicitario y me permite distanciarme del aparato de TV por algunos
minutos) al llegar a su casa, me encuentro con que mi amigo aun no salió, y que
justo en la puerta exacta de su casa pero de la mano de enfrente la calzada está
reducida por reparaciones que comenzaron el siglo pasado y que aun no se
completaron. Veo que unos 50 metros adelante hay un lugar en el que puedo
estacionar mi auto, pero eso demandaría un esfuerzo de mi parte, ya que debo
estacionar, calcular, maniobrar y luego salir, además complicaría las cosas ya
que deberíamos resolver si mi amigo se acerca al auto o yo en un esfuerzo
supernatural me bajo del mismo para alcanzarle el tan preciado paquete entonces
me detengo. En segunda fila, aunque ya no quede lugar para pasar y si viene
otro vehículo tenga que detenerse y esperar a que yo me decida a avanzar. Simplemente
no pienso en el otro vehículo, solo acciono lo que es más cómodo para mí y mi
amigo. De pronto, en el momento en que mi amigo sale en short, ojotas y buzo
(porque en realidad hace frio pero él estaba cómodo mirando una de sus series
favoritas) un auto intenta pasar por donde yo estoy parado y claramente no lo
consigue ya que estoy exactamente en el lugar indicado para impedirle el paso. Como
el conductor ve, que le entrego un paquete a mi amigo, imagina que solo será un
segundo por lo que aguarda, impaciente, pero respetuosamente. En ese momento
recuerdo que al otro día teníamos que jugar a futbol en la canchita en la que habitualmente
lo hacíamos y le pregunto… ¿vas a ir? El me responde que no sabe, y me cuenta
que se siente con un poco de gripe y que está tomando algunos antigripales, yo
le respondo que también estoy medio caído, pero que no quiero “dejar pagando”
al cabezón, que ya tiene la cancha reservada y así la brevísima charla se
extiende 30, 50, 90 segundos, NADA! Que son 90 segundos en una vida? NADA,
excepto para el auto que nos está esperando para avanzar, quien no aguanta más
y toca su bocina como si oprimiéndola
con fuerza, la hiciera sonar a mayor volumen. Lo miro por el espejo y le
comento a mi amigo, me voy porque se ve que el tipo esta apurado, rápidamente pongo
primera y acelero como para tomar ventaja y darle al otro automovilista, la
posibilidad, acelerando, de recuperar un poco del tiempo perdido… Hice lo que
se me cantó.
Como este, podríamos citar infinidad de ejemplos. Personas
que se adelantan en las filas. Van a las cajas express (hasta 10 unidades) con 15,
20, 25 y si la cajera les dice algo se enojan y la tratan de ortiva… Tipos
estacionados frente a las rampas para discapacitados, transeúntes que pareciera
no haber descubierto que las líneas blancas pintadas en las esquinas y que van
de cordón a cordón, se llaman “cruce peatonal” y es para que justamente “crucen
los peatones” y obviamente al no saberlo cruzan por “donde se les canta”.
Tocamos donde dice no tocar, sacamos fotos donde dice no tomar fotos, fumamos
donde dice no fumar, estacionamos en los garajes, en la puerta de edificios
públicos y hacemos realmente todo aquello que se nos ocurre, sin preguntar o respetar que eso este bien o mal.
Lo interesante de todo esto es que la motivación, no es
la maldad, el deseo de dañar, perjudicar, ni siquiera de transgredir. El origen
de este “LIFESTYLE” es el egoísmo, la indiferencia, la falta de consideración que
padecemos y que nos hace vivir, como si solo existiéramos nosotros. Nos
consideramos solidarios, buenos, macanudos, pero deberíamos revisar si en
realidad el resto de los mortales, también nos consideran de esa forma.
La verdad es que no se si con esta nota estaré ofendiendo
a alguien pero en realidad… “YO HAGO LO
QUE SE ME CANTA”

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